Sentado frente a la televisión, bien acurrucado en el sofá y disfrutando, o no, de una película, o como dictarían ahora las normas del "mainstream", de una de esas series de duración interminable, uno rellena su escaso tiempo libre de la manera más sencilla posible que tiene nuestro cerebro de asimilar información sin trabajar en exceso: viendo imágenes. El esfuerzo que generalmente tenemos que hacer para interpretarlas y procesarlas, y así poder seguir el hilo conductor que nos propone la ficción, es relativamente simple y de agradecer. Siempre hay excepciones, claro. El séptimo arte ha producido, y sigue haciéndolo, una gran cantidad   de obras en las que es necesario poner algo más que los habituales y manidos cinco sentidos de los que nos valemos para transitar por nuestro día a día. Pero no nos engañemos, no son muchas películas o series las que requieren ese extra sensorial. En cambio, algo distinto sucede con los libros. Ya sean alta literatura o libros más livianos y asequibles de lectura rápida, uno tiene la sensación de estar poniendo ese plus en cada página que lee. La razón es muy sencilla, la falta de imágenes. Al no darnos dato visual alguno es nuestra imaginación, nuestra fantasía quien tiene que añadirlos. No solo lo evidente: caras, expresiones, escenarios; también elementos más sutiles como la atmósfera, la temperatura, la luz, la fuerza del viento, los aromas, la angustia, el agotamiento, absolutamente todo. Eso hace que el lector, por esa aportación personal que está obligado a hacer, se sumerja en la historia de manera más profunda que lo haría en una película.  Puede parecer que esté tirando piedras sobre mi propio tejado y efectivamente así es, ya que he acompañado este comentario con una ilustración, pero mi convencimiento ante lo que expongo es tal que me arriesgaré a quedar ante el lector como un ser ridículamente contradictorio. Es precisamente esta predisposición a crear un mundo ficticio en nuestra mente la manera más sencilla que tenemos de desarrollar nuestra imaginación de manera que podamos salvar los muros de convenciones que nos rodean. Estos muros son reales, pero no resisten el menor sentido crítico, volviéndose poco a poco transparentes hasta desaparecer. Tener una imaginación desarrollada no solo significa ser capaz de visualizar con una mirada clara esos mundos paralelos que nos plantea la música, o esas imágenes que nos evoca la literatura, sino que, en retorno, nos lleva a ser una persona más resolutiva, no solo en el plano artístico o, perdón por la palabra, creativo, sino también en el mundo laboral o personal. Dos recuerdos me vienen a la mente al hablar sobre este tema. El primero es una amigable discusión que sostuve con un antiguo profesor de dibujo. Él sostenía la primacía del comic frente a la literatura convencional precisamente por ese aporte de imágenes, a modo de viñetas, que  acompañan al texto escrito. Intenté rebatirle su argumento usando el mismo razonamiento aquí expuesto, aunque de una manera que no recuerdo demasiado elocuente y sí más bien torpe. No conseguí moverle de sus convicciones. La segunda es la sorpresa que me causó comprobar que, tras haber leído un libro unos meses antes y disponiéndome a ver su versión cinematográfica, el director había puesto en la piel de uno de los personajes a un actor que era escandalosamente parecido, por no decir igual, al que me había imaginado al leer el libro. Los dos nos habíamos imaginado, en el aspecto físico, al mismo tipo partiendo de esas primeras líneas que describían su aspecto de manera superficial. Imagínense. Notas Relacionadas:  DOS BODAS PARA DOS HERMANOS